Carolina Olguín: 33 sirenas —la velocidad de la percepción

—Texto escrito por la poeta Carolina Olguín, originalmente publicado en Red Door Magazine, donde además se incluyen algunos poemas.

33 sirenas es un libro lleno de música: el atributo más antiguo de la poesía, tal vez. Su autor, Rodrigo Guajardo, despliega el poema hasta que el solo sonido hable: la realidad se quiebra y recompone en los ritmos que la velocidad de la percepción impone. Esto y las cualidades casi sinestésicas de ese oído suyo, el que elige las palabras y las “no palabras” para hacer esta música, le otorgan a 33 sirenas su personalidad auténtica y hasta cierto punto despreocupada de sentido, mas no carente de éste. Decir cosas con palabras como si sólo de eso se tratara, no es suficiente sin haber escuchado la música, sin haber dejado que ésta encallara en los oídos durante el trayecto para despertarla una vez más en el poema, parece anunciar Guajardo.

Con un abanico amplio de vocablos que han tenido que deshacerse de su envestidura y de su orden habitual para volver a significar, con una puntuación escasa que acelera o lentifica el ritmo según la sucesión o discontinuidad de los versos en la página, la poesía de 33 sirenas canta en clave sobre un campo en el que eros se regocija y acongoja lleno de visiones caleidoscópicas, vueltas sobre sí, desbordantes. Canta así porque es el único modo de decirse una pasión que muta sus formas. Canta porque sin ello no hay poema.

La vida que la poesía ve arde en este libro; un caos enloquecido de belleza hermana un verso con otro de claridad solitaria en medio del poema, como las islas móviles que pueblan este libro. La poesía es vivencia oblicua, decía Lezama, un desvío de la función o su sentido. Las islas de 33 sirenas son también una desviación en el viaje vertiginoso. Es por eso que los poemas de Guajardo son despiadados con el lector, gozan de ser tropel, de sembrar en el terreno no la duda, sino el desconcierto que no atina traducción pero que colma. Ser imago, o sea, sombra o fantasma, tal como el sentido que los griegos atribuyeron a la palabra imagen, descubre una melancolía en este libro, lleno de imágenes hiperreales, abrumadoras en su ser sensorial.

Rodrigo Guajardo nació en Cadereyta, una de las pequeñas ciudades de la periferia del norte de México, pero vive en el ruidoso centro de Monterrey, siempre cazando en su ventana el reflejo de luces de un semáforo que ya cambió. Ahora quiere más el cine que otras artes, estudia filosofía y realiza cortometrajes. A finales de 2014 entregó este su primer libro de poesía, pero no el único ni el más reciente en su quehacer. Sin prisas por publicar, la poesía se escribe por este autor sin otra intención que la más apremiante de todas: ser escrita; luego, se mira a la distancia y se afina con paciencia, todo lo contrario a esa imagen a veces eufórica de velocía que recorre sus poemas.

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